Lota, al sur de Chile, para algunos insignificante, para otros llena de historia y tradiciones. Por más de un siglo, próspera y pujante ciudad minera. Para mí, la
tierra que cobijó a mis padres y hermanos, y aunque en 1997 cerró su
boca, sigo prisionero de sus encantos, y mi mente me lleva cautivo 50
años atrás.
Ahí está mamá, encendiendo la cocina a carbón, manchándose
casualmente la cara con hollín, viéndose muy divertida sin ella
saberlo. Papá regresando de la mina, recibiendo de manos de mamá el harinado (vino preferentemente tinto con harina tostada y azúcar), el cual se sirve ansioso. Luego, desnudándose cintura arriba, deja al
descubierto sus hombros heridos, por el traslado de pesados troncos de
eucaliptos, que usaban para sostener el cerro en el fondo de la mina. Primero lava su rostro completamente negro con el polvo del carbón y tosca, mientras reemplaza el agua, y lavándose enérgicamente debajo de sus brazos y pecho, me dice: -ahí te deje el “conchito”- (pequeña porción de “harinado”), mientras tanto mis hermanos
mayores sacan del “Guameco” el manche, que era el sándwich que llevaban
a su trabajo, y la mayoría de los mineros, voluntariamente no se lo
servían todo y acostumbraban a traerle una pequeña porción a sus hijos , éste
como el concho de la “charra” (Que generalmente era de agua de hierbas)
tomaban un sabor muy especial al haber permanecido muchas horas en el
fondo de la mina.
Ahora, me veo a mis cortos 5 años, inclinado hacia el suelo, con mi boca literalmente pegada al piso de la cocina, llamando alegremente a mi papá: ¡papito, papito, no te olvides de traerme el manche! -, convencido que él me escuchaba, lo anterior motivado por la respuesta de mamá, cuando le preguntaba ¿donde trabaja papá? Con voz suave y cariñosa me respondía “debajo de la tierra, hijito”, cuando me incorporaba, me acariciaba tiernamente la cabeza y le decía, ya le pedí el manche a mi papito.
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